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Quién

Con que tortuoso relajo podría compensar lo que de a poco de mí ser desgajo.

Cuántos de tantos gajos cubrirían la superficie de quién necesitare colgajos.

Que cortes cerrarían de quienes portando hondas heridas aún luchan en la vida.

Cuál de todas las aparentemente queridas cerrarían el inmenso círculo de lo mucho apetecido, siendo todas una parte de alguna aglutinación que sin lograr la conjunción,

que de todas ellas se formara una que me brinde la más completa satisfacción.

 

Qué ha sido de mi vida sino tan solo una pesadilla, que al querer remediarla

con alguna oscura cura, tan solo he logrado profundizar lo insano de mi locura.

Qué inerte parangón sofreno la lujuria cuando supo hacerse presente la tierna ternura

demostrándome inerte que al final… es lo que realmente perdura.

 

Qué acción promueve la reacción de aquello que se busca

Qué está inmerso en lo reprimido de la tentación a costa de la castradora razón.

Qué cosa de la creación nos cohíbe nuestra esencia, dejando a un lado la intensa vivencia, para descansar de forma eterna en lo tranquilo de la conciencia.

 

Qué es el amor… o qué la pasión, que moviéndonos con desenfrenado descontrol

nos conmueve en la emoción de lo que no tiene razón

Cuál la causa y cuál su fin que nos transportan a un desvariado confín,

donde la mente se obnubila y firme trastabilla el acompasado corazón.

 

Cuál el don… cuál el son, con que se mueven pausados los designios a que nos obliga el comportarnos como niños temiéndole al castigo por tan solo ser o haber sido.

Cómo retenemos lo querido sin siquiera haber intentado conseguirlo,

cómo elaboramos la pérdida de lo extraviado de aquello por lo que no hemos luchado.

Cuál es el logro de lo que antes de obtenerlo lo hemos abandonado.

 

Y qué de la consistencia, con que se mueven los principios de nuestra existencia

que ante los ojos de la creíble ciencia se nos define como inexactos,

a la vez que soslaya el inherente estamento del que se nutre cada propia substancia.

Y qué del caparazón que protegiéndonos de toda sinrazón que nos traslade a la más fuerte emoción, se desgaja como frágil rosa ante lo obvio de nuestra esencia,

que sin descreer de ninguna creencia se aferra a la certeza de la supervivencia.

 

Quien reza más, el que se postra arrepentido asumiendo como pecado cualquiera de

sus pasiones flagelando su cuerpo tan solo por sus imaginaciones,

o el que ora muy erguido asumiendo como dones los sentimientos otorgados.

Quien peca más, el perverso arrepentido quien con su confesión es perdonado,

o el sensual asumido que no se arrepiente por lo sentido.

La Señorita

 Caminábamos rápido, pero casi sin movimientos que pudieran alterar, ya sea por sacar de escuadra o por arrugar, alguno de los pliegues del almidonado e inmaculado guardapolvo que con su blancura encandilaba a quien pasara a nuestro lado.

Era lunes y, tanto mi hermano como yo, nos dirigíamos al primario colegio donde cursábamos la primaria. Él, en tercer grado, y yo, en quinto.

Como todo lunes, la advertencia y recomendación de nuestra madre giraba en torno a un único y exclusivo discurso, ora como ruego, ora como velada amenaza, en cuanto a que los apuestos, prolijos, radiantes y limpios guardapolvos deberían durarnos toda la semana en similares condiciones. Era obvio que, si bien la admonición se mostraba recurrente todos los lunes, de la misma manera la incontrastable realidad era que nunca se cumplía.

Charlábamos con mi hermano mientras caminábamos, casi sin doblar la cabeza, lo que hacía que habláramos hacia adelante exhalando un vapor emergido de nuestras gargantas, consecuencia del frío ambiente, sabiendo ambos de manera inconsciente que tales y excesivos cuidados en mantener la blancura y pureza del hábito que nos vestía, iban a desaparecer no bien sonara la campana del primer recreo. En la charla conjeturábamos, desde un incipiente raciocinio deductivo y sin saber que era eso lo que hacíamos, de cómo sería la semana, él en referencia a los estudios, y yo respecto del gran logro evolutivo conseguido, a partir de las sensaciones y emociones que fluían desde mi interior, y que, arduamente le ocultaba en una actuación mentirosa, en la que fingía seguirle la conversación, en la que nada y poco me importaba el contenido.

El día era fresco, pero la camiseta de frisa, la camisa y el pulóver de lana, atemperaban lo destemplado del clima. Sin decirlo, ambos, esperábamos ansiosos que la evolución de los usos y costumbres, o algún adelantado, permitiera alguna vez usar algún abrigo sobre el guardapolvo, para de tal manera no desdoblar su función, que además era la de “guardafrío”.

El blanco uniforme, coraza, hábito o como se lo quiera llamar cubría hasta las rodillas, y desde allí para abajo, las bienamadas y clásicas medias de ¾, que además del frío me protegían de la curiosa vista de quienes, observándome como si fuera un Homo habilis, me preguntaban el porqué de tantos pelos en las piernas. Así que solo quedaban tres redondeces o, si se prefiere, bochas al descubierto: las dos de las piernas y la cabeza, que con la inmisericordiosa máquina cero el peluquero había podado al máximo, siguiendo expresas indicaciones de mi madre, a los efectos de, justamente, visitarlo menos a él para ahorrar cortes. En esa época eran lo únicos cortes de referencia.

Cursaba quinto grado, un período en el que no sospechaba lo que todavía me faltaba, no solo en cursar sino en sospechar. Hasta ese momento y a los once años el estudio se correspondía a la mitad de mi corta vida. No obstante, ansiaba que llegase, cada viernes, el próximo lunes, y aún sin saber las razones me sobraban los motivos para ello.

Era lunes e iba hacia la escuela. En mi cerebro en pleno estado de desarrollo evolutivo, en el que se suponía accedería a una etapa superior, solo llevaba un obsesivo y exclusivo pensamiento: era el de una imagen, que tal vez fuera una procesión de recurrentes apariciones e imaginativos deseos, que a partir de mi incipiente corazoncito en proceso de maduración apenas alcanzaba el ignorado estadio de ensoñación. Y todo ello sin poder describir, mucho menos elaborar y ni siquiera intentar la posibilidad de definir o encasillar aquello que me ocurría, producto de naturales sensaciones a las que luego descubriría como humanas, y que las mismas contenían vibraciones y esencias viscerales; las cuales en su inmensa mayoría desconocía, lo que me inhabilitaba para poder describirlas, asumirlas o realizarlas plenamente.

Transpusimos el amplio zaguán de la entrada del tan humilde como digno y solemne colegio del barrio, de enseñanza estatal y laica, que correspondía al distrito escolar XI, y que no era otro que aquel donde cursé mi primer grado.

El mismo en el que me alisté para emprender mi primer viaje de descubrimientos de nuevos mundos más allá de los puntos cardinales donde me encerraba y contenía la barriada donde vivía; todo gracias a las colonias de vacaciones. Pero no, no, esto es solo descripción; la obsesión pasaba por otro lado, obsesión que recién pude elaborar ya pasados los veinte años, y con la imposibilidad de regresar en el tiempo para subsanar algo de mis falencias, o tal vez de confesar mis sentimientos, o al menos jugarme por entero y completo en la concreción de las reales fantasías ofrecidas.

Orgullosamente encolumnados de a dos, tras la Diosa-Maestra de mi quinto grado, y de mi primer inquieto y desconocido sentimiento, cumplimos en el frío patio la ceremonia de ingreso de obligación diaria. Ya en el aula, cada uno ocupó su asiento. Yo normalmente y en virtud de dos condiciones, una natural: era más alto que el promedio, y la otra adquirida, dada mi condición de “incipiente quilombero” confirmada luego en el transcurso de los años ocupaba siempre los asientos del fondo. Pero en este quinto grado, a partir del segundo mes, y basado en dos estrategias: una por presión extorsiva al petiso Méndez –en él ya asomaban sus futuras innatas condiciones: la de miedoso y codicioso–, y la otra por una supuesta incapacidad visual, cambié de lugar.

De tal manera que por el costo de dos revistas mexicanas y el fingido cierre de ojos que me asemejaba a hijo de vietnamita con connotaciones de futuro no vidente, logré ocupar el primer banco.

La Diosa-Maestra, señorita María Luisa L’Gamba… Solo dos veces, en mí hasta ahora corta vida observé anonadado que los apellidos podían corresponder única y exclusivamente a quienes lo portaban: una fue con un muy feo amigo de mi padre de apellido Dell Orto, y la otra con la señorita L’Gamba.

La Maestra Revelada ocupaba su escritorio rectangular de cuatro patas que gracias a la deidad más misericordiosa era abierto por sus cuatro lados, sin nada que impidiera ver sus dos mitades, la que emergía desde la base hacia arriba, y aquella por la que yo sucumbía, de la base hacia abajo

El dignísimo trono se posaba arriba de una tarima de unos diez centímetros de alto. Si bien desconocía las cualidades de Salvador Dalí, algo había oído respecto a sus pinturas e imaginaciones. Desde allí abajo y ante la imagen que se me representaba todas las tardes, supuse que el señor Dalí estaba lejos de competir conmigo.

Cuando descendía del trono para enseñarnos algo nuevo, mi señorita Musa Inspiradora se elevaba, de espaldas a nosotros, en el afán de llegar a lo más alto del pizarrón. En esa ocasión, y en todas las recurrentes, desglosaba el pretérito imperfecto del verbo amar, que por otro lado aún hoy es el preferido de mis tiempos. En tal menester se estiraba hasta casi ponerse en puntas de pie, lo que producía que sus talones quedaran al descubierto liberándose de los altos zapatos de tacos que los contenían. Sus gemelos se endurecían y la pollera subía lentamente de su ruedo original dejando al descubierto lo que veía y también lo que imaginaba. Era tiempo de pedir permiso para ir al baño, y salir del aula lo más rápido posible a fin de evitar que se notara la incontenible, pecaminosa e indominable prominencia que involuntariamente asomaba en mi frágil humanidad. El baño de mi colegio, que como todo baño es el portador de uno y mil secretos privados, era el lugar de desahogo de mi asfixiante y torturante sensación. Y al tomar mi pito con el, hasta esos momentos, falso pretexto de solo orinar, se producía en mí una serie de sensaciones, vibraciones, estertores y transporte hacia lo que, inocentemente suponía, sería el goce celestial al que se refería el cura Abraham, párroco del Colegio Salesiano Don Bosco, en su homilía de la obligada misa mañanera de los domingos, previo e ineludible requisito para dejarnos jugar fútbol en la cancha del mencionado Colegio.

En otras y muchísimas oportunidades ella, sentada en el atrio y cruzada de piernas, movía pendularmente la no apoyada, mientras jugueteaba con el tacón a punto de caer y que nunca caía. Era en esos momentos cuando perdía todo control sobre mí, y eso que ante la inminencia de lo que se me iba a representar, memorizaba y enumeraba todos los castigos posibles que podrían ocurrirme como producto de mi sospecha de pecaminosidad, y que el susodicho cura nos profesaba, alertaba y prometía todos los domingos. Y es así que mis confundidas neuronas se debatían entre un no comprendido “goce celestial” y un “eterno infierno no querido”.

Pero todo en vano, ante la aparición de la imagen adorada objeto de la pérdida de inocencia, y ante el éxtasis que me producía dicha representación, no dudaba en sacar el pasaporte directo al averno.

Era entonces cuando una fuerza tan desconocida como poderosa, me obligaba a tirar al suelo, justo delante del escritorio de la Diosa, a veces una goma, la lapicera, el sacapuntas o lo que fuera. Pero en verdad, cuándo puerilmente me levantaba a juntar el supuesto objeto caído, era yo quien me tiraba a sus pies, mintiéndome que miraría de reojo, cuando en verdad ya postrado en la búsqueda de recoger no sé qué, me era imposible evitar mirar de frente y tratando de guardar esa imagen divina en la retina, en la memoria, en el alma o en el inconsciente colectivo. De más está decir que luego de esas cotidianas apariciones, los pedidos de permiso para ir al baño empezaron a hacerse sospechosos hasta para mis compañeros. Cosa que no me importaba, dado que cualquiera fuera el precio a pagar por esa obsesiva y adorada visión, que me producía lo que me transportaba luego en el templo del baño a un ascenso directo a los cielos, lo haría con gusto.

Querida Señorita, Musa Inspiradora de mis primeras, precoces y secas transportaciones juveniles, ya algo mayor sospeché que había un juego de aceptaciones de tu parte y, por qué no, de disfrute. Creo que por esos días yo desconocía lo que era el amor, pero sí comencé a explorar lo que era sentir, y en ese dar y recibir ambos jugamos a la inocencia. Yo, porque estaba saliendo de ella, y vos, por la conciencia del pecado.

Era lunes. Ya a mis sesenta y cinco caminaba algo lento, pero con decididos movimientos. Ya no me acompañaba mi hermano ni tenía la obligación de cuidar pliegues de almidonados guardapolvos. A pesar de que hacía frío, no lo sentía ni en el cuerpo ni en mi calva cabeza; no ya por culpa de la máquina cero o por algún ahorro de corte, sino por el tributo, como postrer triunfo, que el paso de los años y la naturaleza supo dar a mi otrora peluquero del barrio. El día anterior había leído en necrológicas, cosa que nunca hago, pero vaya a saber qué premonición o subconciencia me hizo hacerlo, el fallecimiento de la señorita María Luisa L’Gamba.

Y allí me encontraba esa tarde de lunes, de clases y de enseñanzas, caminando en el Memorial hacia la tumba de mi Diosa Iniciadora.

Me incliné ante ella, rememoré las vivencias de antaño, le agradecí por todo y por más, y respetuosa y sentidamente deposité como sentido homenaje, una goma, un lápiz y un sacapuntas…

Dejé transcurrir el tiempo pesada y nostálgicamente hasta las 17, hora en que la campana del colegio señalaba el fin de clases e indicaba el regreso a casa.

Hola inquietos pensantes

Toda esencia es distinta, y con diferentes matices,  pero todas tienen

algo en común producto del mismo origen  de la especie a la cuál

pertenecemos. Las vivencias, el marco de referencia, las inquietudes,

los replanteos, el género y los interrogantes que cada uno se propone

dilucidar, diferencian parte pero no el conjunto.

Es desde este punto,  que te propongo intercambiar pensamientos al respecto, con la íntima esperanza de enriquecernos mutuamente.

Sinceramente

CC